El arte como arte y el arte como mercancía

Es un lugar común hablar del poder que tiene el mercado en las artes visuales. Tan dominante puede ser la idea de que es “el mercado” quien mejor manifiesta el valor de las cosas y distribuye los beneficios de manera más justa. Pero así como han ocurrido grandes y muchas veces funestas transformaciones en el mercado de la tierra, de los alimentos, del trabajo, de la vivienda o de la energía, también en el arte (“el mercado más grande no regulado del mundo”, como dice Robert Hughes) la mano invisible ha generado gruesas consecuencias. La especulación financiera define en gran medida las agendas en el campo del arte. Para pensar en esto, los invitamos a ver “La maldición de la Mona Lisa”, documental escrito y dirigido por Robert Hughes, veterano crítico de arte de la revista Time. Lo emitió la BBC en 2008 y, gracias al blog lalulula.tv, está accesible dividido en seis partes subtituladas al español.

En este documental Hughes habla de la sobrevaloración de obras de arte que son tratadas como estrellas de cine: de forma superflua, banal, en infinita repetición mediática y al ritmo fugaz de las modas. Sin tiempo para mayores reflexiones, los museos y la crítica se ven obligados a bailar al ritmo del coleccionismo y la especulación mientras el público hace cola en las sucursales de los grandes museos globales como el Guggenheim “para recibir una dosis terapéutica de cultura”.

El arte como mercancía parece estar sustituyendo al arte como arte. La mercancía no como mecanismo para satisfacer “demandas” o “gustos”, sino como forma de generar ganancias. Es así que, según Hughes, el precio de la obra se transformó en su función. Es decir, los coleccionistas adquieren no a partir de una valoración estética sino a partir de la expectativa de futuras ganancias.

¿Cuáles son las posibles consecuencias de esta nueva prioridad? Son bien reales y tangibles. Uno podría pensar que Hughes es un romántico que quiere volver a una época donde se valoraba la apreciación estética pura derivada de valores humanísticos universales. Pero lo que plantea el crítico es que el mercado del arte está generando, además de enormes ganancias para los inversores, una privatización del arte que atenta contra el acervo público. “En lugar de que el arte sea propiedad común de la humanidad, como un libro, el arte se convierte en propiedad particular de alguien que puede permitírselo”, afirma Hughes.

Los museos no pueden adquirir obras al mismo precio que los inversores. Pierden entonces autonomía y su agenda es marcada por los coleccionistas propietarios de las obras. Esto también lo ha dicho el crítico alemán Heinz-Norbert Jocks: “Por ejemplo, hay dos artistas, Damien Hirst y Jeff Koons, que nunca habían tenido exposiciones en grandes museos, pero que son coleccionados por los más importantes compradores del mundo. Los directores de museos no querían exhibirlos porque consideraban su arte superfluo, pero su peso en el mercado y la publicidad que tenían en la prensa llevó a que los directores de museos les abrieran las puertas. Las instituciones de alguna forma tienen que seguir las corrientes. Además, los coleccionistas están en todos los directorios que cuentan: la posibilidades de manipulación son muy grandes. Son ellos quienes escriben la historia del arte actual, pero son aficionados” (en entrevista a La Diaria, Uruguay, 10-5-11).

El documental de Hughes también se atreve a presentar como aficionados a esos grandes coleccionistas, mencionando ejemplos como el de la familia Mugrabi, con enorme influencia en el mercado del arte contemporáneo y poco que aportar en cuanto a discusión y pensamiento. Así, el arte pierde su función crítica, mientras aumenta su valor de mercancía.

Este modelo que da prioridad al valor mercantil también implica posibles pérdidas en lo creativo porque, según críticos como Hughes o Jocks, cambia la forma en que los artistas producen: “cuando un artista vende bien hay galeristas que le dicen: para este tipo de obra tengo dos o tres clientes más. Es altamente probable que el artista siga produciendo lo mismo”, según Jocks.

Y así el arte contemporáneo, al estar dominado por el mundo de los negocios, privatizarse y perder su función crítica, se transforma quizás en otro show business, en otra forma del populismo de mercado.

¿Hay un lugar socialmente relevante en este modelo para los artistas independientes y para los coleccionistas que compran por pasión y trabajan para fomentar el arte? No me refiero concretamente a una élite de conocedores que ejerzan como déspotas ilustrados, sino a una apropiación social del arte.

Quizás Internet está abriendo espacios para esto. No pensemos únicamente en experimentos como la reciente y publicitada VIP Fair Art, sino en plataformas de intercambio independiente entre público y creadores. No como mero “mercado” sino como espacio de encuentro, conversación y crítica. ¿Será ese tipo de público y ese tipo de artista quienes en algún momento definan agendas culturales y habiliten caminos creativos realmente innovadores? Pero este es otro asunto, quizás para un próximo post.

 

Imagen: “Mona Lisa” por Andy Warhol.

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