Cultura startup versus cultura de red

mapa de personas y colectivos en el encuentro de mediactivismo de Cochabamba.

Mapa de personas y colectivos en el encuentro de mediactivismo de Cochabamba, 2014.

Vista como titular, la idea de “startup cultural” suena atrayente. Es como una metáfora moderna de lo más avanzado de la innovación en cultura. Hace referencia a lo flexible, ágil, afín a las tecnologías que nos son familiares, y diseñado para satisfacer al usuario. Se tarda en captar de dónde viene el concepto, cómo se implanta y qué busca implantar en la cultura. En los enredos semánticos de esta, nuestra era digital, nos parece una noción próxima y amigable con la idea de cultura de red. Pero leyendo la nueva convocatoria del BID para startups innovadoras en las industrias creativas, de a poco se nos va pintando un panorama distinto y hasta opuesto, al de cultura de red.

El modelo de “startup cultural” se trata, en nuestra opinión, de una reducción de la cultura a principios meramente económicos. ¿Cómo llegan estos principios a la cultura? En un reciente artículo, Jaron Rowan lo explica así:

A finales de la década de los setenta y principios de los ochenta cambió para siempre el paradigma que regía los modos de gobernar la cultura. El Estado pasaba de ser el garante del acceso a ser el regulador de los mercados que debían de facilitar el acceso a toda la ciudadanía. Este cambio, que se perpetró a diferentes velocidades e intensidades, venía camuflado bajo la guisa de las industrias creativas, los emprendedores culturales, el mecenazgo, etc. El Estado cedía parte de sus competencias al mercado, que debía ser el encargado de realizar la acción cultural. Las políticas culturales se transformaron paulatinamente en políticas económicas. Bienvenidos a la jungla, bienvenidos al neoliberalismo.

En la retórica startupera, el tan ansiado desarrollo depende, claro está, de que la industria haga un uso eficiente de la creatividad y la cultura. De ahí seguramente emergerán inversiones, puestos de trabajo, infraestructuras y “soluciones creativas” a nuestros problemas. Pero soluciones básicamente de mercado, con total ausencia de debates políticos e incidencia de la comunidad como tal, más allá de las preferencias del usuario-consumidor individual.

En la convocatoria del BID el premio es para el emprendedor que “transforma ideas en bienes y servicios culturales que aportan valor a partir de su contenido de propiedad intelectual”, quien podrá poner su idea innovadora a la consideración de “inversionistas, representantes del sector público y privado, y emprendedores de la industria que buscan contribuir al desarrollo de la región haciendo uso de su creatividad y cultura”.

No hay ninguna pretensión en la convocatoria de definir algún aspecto de la cultura que se buscaría fortalecer o mejorar. Se podrá alegar que hay fondos públicos para el impulso de las distintas disciplinas culturales, de los cuales muchas veces nos quejamos por su insistencia en la “calidad artística”, lo que termina inclinando la balanza a favor de las expresiones culturales que pasan ciertos filtros elitistas. Pero no deja de llamar la atención que en un fondo cultural no se hable en lo más mínimo de los aportes que se pretende hacer a la cultura en sí (tratándose, además, de un fondo al que aporta la ciudadanía de todos los países miembros del BID). Sí se habla de “calidad de vida”, pero no se menciona el bienestar general, el bien común, o la satisfacción de necesidades colectivas. Tal vez simplemente se espera que el mercado -o mejor dicho, el capital- determine lo relevante.

En este punto, conviene aclarar que no estamos pensando que la cultura está en ese podio de pureza donde el dinero no tiene nada que ver. Es más, nos desvela permanentemente la sustentabilidad de los proyectos culturales, pero también nos preocupa que el modelo startupero gane hegemonía frente a otras posibilidades. ¿Cuáles son esas posibilidades? Las que abre un modelo de cultura en red, o cultura de red.

En 2014 un conjunto de colectivos culturales latinoamericanos se encontró para definir cultura de red e impulsar varias iniciativas en ese campo (Emergencias, Facción, Minka, Unicult, Festivales en Red). La definición a la que llegaron fue:

Hoy definimos CDR como un acelerador de redes, un espacio que crea y comparte aplicativos que cualquiera puede utilizar y aplicar para mejorar su proyecto-idea-red. Estos aplicativos son herramientas libres y abiertas desarrolladas para atender necesidades comunes, y son disponibilizados a través de plataformas digitales para facilitar -también- encuentros presenciales y procesos de gestión colaborativa.

En esta definición hay una reapropiación y resignificación de algunos conceptos del mundo de las startups. Se considera a la propia cultura de red como una “aceleradora”, pero principalmente de redes, no de empresas, al servicio de necesidades comunes. Esta aceleración se da a través de “aplicativos”, pero estos son herramientas libres y abiertas que se comparten. Se habla de gestión colaborativa, en lugar de productos y servicios basados en propiedad intelectual.

Veamos algunos ejemplos recientes con protagonismo del discurso y la práctica de cultura de red. En Europa: se desarrolló este año un seminario en Medialab Prado llamado “20 años de arte y cultura en red”, y tuvo lugar en Suecia el Idea Camp, un evento que promueve transformaciones sociales a partir de ideas replicables y de código abierto. En América Latina: el Ministerio de Cultura de Brasil lanzó su primer concurso para el fortalecimiento de redes culturales; en Bolivia se realizó el Congreso Culturas en Movimiento organizado por la red TelArtes; en los encuentros latinos Facción y Emergencias de 2015 se trabajó fuertemente el concepto cultura de red.

En síntesis, la cultura de red promueve que aquellas ideas y proyectos que se pueden traducir en bienestar colectivo, se abran, se compartan y se repliquen con ramificaciones en red impredecibles. Los resultados tal vez no estén muy sujetos a objetivos medibles, pero la red tiene capacidad de modificar las ideas, adaptando la innovación a las necesidades de la comunidad. En cambio, desde el discurso de las startups culturales, se espera que los emprendimientos culturales con potencial comercial se expandan cuando un inversor, convencido por el “pitch” del emprendedor, considere que está ante una rentable inversión de propiedad intelectual.

Se nos podrá decir que toda esta crítica se hace al nivel del discurso. Y es cierto, estamos en un nivel de disputa ideológica, intentando apropiarnos de la palabra cultura. Pero el resultado de esa disputa tendrá expresiones materiales bajo la forma de políticas públicas culturales, disponibilidad de fondos, acceso de la sociedad a los resultados de esos fondos, y finalmente, cambios en los sentidos y sensibilidades para abrirle la cancha a una noción de cultura compartida para el fortalecimiento de lo común.

Como ya dijimos, no se trata de rechazar los aspectos económicos de la cultura. Todo lo contrario, se trata precisamente de cuestionar las condiciones económicas de desigualdad que originan el hambre cultural a la que están sometidos amplios sectores, marginados de los consumos y más aún, de la producción cultural.

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