La cultura digital y los nuevos modelos de negocio (parte 1)

Imagen: Money! By ToGa Wanderings

Tanto en el libro “Manual de uso para la creatividad sostenible en la era digital” del colectivo FCF Forum como en “Gratis: el futuro de un precio radical” de Chris Anderson se presentan los cambios en los modelos de negocio de distintos sectores de la cultura. Por «modelos de negocio» no entendemos solamente formas de rentabilizar la cultura sino maneras de hacerla económicamente sustentable y socialmente justa. Discutimos este tema con los participantes del curso “Gestión Cultural 2.0” y compartimos algunas conclusiones a través de este post en el que hablamos sobre los cambios en los modelos de negocio, la gratuidad y la libertad en la cultura. En un segundo post que se publicará próximamente, cuestionamos los riesgos de desprofesionalización de la cultura y comentamos posibilidades nuevas como el crowdfunding.

Todo está cambiando

Lo cierto es que los modelos de negocio en cultura están cambiando drásticamente, porque con Internet cambiaron los hábitos socialmente aceptados de consumo cultural como lo explica Enrique Dans. En el caso de la música, por ejemplo, el público ya no consume “música enlatada” en CD, pero se produce y consume más música que nunca y se han multiplicado los conciertos. Por lo tanto, la distribución de música en Internet no hay que pensarla como “gratis” o “regalo” sino como libre acceso.

En el caso de la música clásica, por ejemplo, hay interesantes proyectos para ampliar el acceso público. Si bien las composiciones de la mayoría de la música clásica ya son de dominio público, no lo son muchas de las grabaciones. Pero gracias al crowdfunding surge http://musopen.org/, una iniciativa para distribuir grabaciones gratuitas y de dominio público. Otro caso es el del Museo Isabella Stewart Gardner de Boston que puso a disposición en Internet todas las grabaciones de música clásica realizadas y archivadas en el museo, bajo una licencia Creative Commons.

No todas las ramas de la cultura se enfrentan a los desafíos de la digitalización. Las artes plásticas en particular no se encuentran con el dilema de la copia digital por su naturaleza material y la existencia de un único «original». Sin embargo, aparecen nuevas posibilidades de venta de obras a través de Internet. Desde galerías que organizan grandes ferias de arte contemporáneo a pequeñas tiendas virtuales abiertas por los propios artistas. De hecho, las artes plásticas se ven beneficiadas por la digitalización al facilitar las reproducciones que pueden hacer los propios artistas en sus casas o en laboratorios digitales cercanos y accesibles. Se radicalizan las posibilidades que abría el grabado para producir y distribuir copias, difundiendo y democratizando así la cultura visual.

 

Lo gratis, lo libre y el valor añadido en la cultura

¿Qué cosas deben ser gratis y qué cosas pueden cobrarse en la producción cultural? Sabemos que no es gratis producir cultura (aunque puede ser casi gratis distribuirla) y que con dinero es más probable que se tenga tiempo y recursos para producir. Sin embargo, no podemos decir que hasta ahora siempre la abundancia de dinero aseguró la calidad. ¿Cuántas veces nos hemos quejado de la escasa calidad de los contenidos generados por los grandes medios de comunicación? Contenidos que dejan sin duda grandes ganancias privadas y muy poco valor público.

La cuestión está en que para producir y difundir cultura se requieren recursos, y que estos recursos no tienen que salir necesariamente de la venta al consumidor final bajo modelos que excluyen a quienes no pueden o no ven necesario pagar. Pero esto no significa que la cultura se tiene que producir sin recursos y con mermas en la calidad.

Las facilidades para la autoedición de libros o discos, por ejemplo, está generando que en Internet encontremos abundancia de contenidos, casi todos gratuitos, que no siempre van a representar los mayores estándares de calidad (si es que hay acuerdo en lo que esto significa). Muchos interpretan esto como una “perdida de calidad”: el contenido lo crea cualquiera y cualquiera lo consume gratis. Lo que en realidad sucede es que se hace más visible la heterogeneidad de calidades. Pero esto no hace peligrar necesariamente el sustento de los profesionales, aunque les exige cambiar sus perfiles, que ya no se limitan solamente a publicar y difundir.

En esa superabundancia y dispersión de información, el gestor cultural tiene un rol de mediador cada vez más importante. Un profesional de la tecnología no puede cumplir este rol, pero un profesional de la cultura sí, contribuyendo en mucho al desarrollo y difusión de contenidos de calidad. Tal vez ordenar y jerarquizar (sin limitar las libertades del público) sean tareas cada vez más necesarias y valoradas. También, buscar la forma de generar un valor añadido (exclusividad, experiencias únicas) siempre y cuando no se limiten derechos de los consumidores y de la comunidad.

Es que son los consumidores y la comunidad quienes están redefiniendo los modelos de negocio en cultura, no las grandes corporaciones ni las políticas públicas (aunque estas pueden acompañarlos y fomentarlos). Veremos por ejemplo, el caso del crowdfunding, en la segunda parte de este post.

 

 


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