Innovación ciudadana: Inteligencia colectiva para el empoderamiento glocal

Detalle de la tapa del libro de Cibervoluntarios

En las últimas semanas la Fundación Cibervoluntarios publicó el libro “Innovación ciudadana: Inteligencia colectiva para el empoderamiento glocal“, un texto que busca visibilizar ejemplos de usos positivos de la tecnología para el cambio social. Ártica participa en ese libro con un capítulo donde contamos nuestra experiencia como centro cultural trabajando desde la cultura libre. Compartimos el texto:


Ártica: la experiencia de un centro cultural online que trabaja desde la cultura libre

Ártica es un centro cultural 2.0 dedicado a actividades de formación, consultoría e investigación para proyectos artístico-culturales en Internet. Nuestro objetivo es apoyar el empoderamiento digital de las comunidades de artistas de todas las disciplinas, contribuyendo a que el conocimiento, la educación y la cultura estén disponibles de manera accesible, democrática y libre.

El proyecto está coordinado desde Uruguay pero su sede natural es la web, desde donde realizamos actividades online como cursos, talleres, videoconferencias y debates, al tiempo que llevamos adelante un blog, publicamos e-books, mantenemos una biblioteca y una videoteca online.

Ártica comienza su actividad en el año 2010. Los impulsores del proyecto somos dos, Jorge Gemetto y Mariana Fossatti. Trabajamos asociados con artistas, docentes y profesionales de la cultura de distintos países. En el ámbito de la gestión cultural, somos un equipo junto con Jose Barcia y Pilar DM, ambos profesionales de España, con quienes organizamos actividades de formación que se orientan al empoderamiento digital de artistas y gestores culturales. A estas actividades se suman habitualmente otros colegas. Asimismo, trabajamos en el área de artes visuales con Yamandú Cuevas, de Uruguay, y en el área de cine con Hernán Schell, de Argentina. También realizamos actividades online de literatura y de patrimonio.

Nos interesa la exploración de las posibilidades que brindan las nuevas tecnologías en las distintas disciplinas artísticas. En este sentido, hemos desarrollado talleres online de pintura digital y de arte y nuevos medios, entre otros. Pero también, especialmente, nos interesa estudiar las prácticas culturales tal como se dan en Internet, y, algo relacionado pero no idéntico, la cultura de Internet. Tratamos de identificar las prácticas y proyectos que están al servicio de la democratización del conocimiento y de los saberes. En este terreno, realizamos actividades abiertas y publicaciones junto con organizaciones de la región, como los capítulos locales de Creative Commons en Argentina y Uruguay, la Fundación Vía Libre de Argentina, TEDIC de Paraguay, la Fundación Karisma de Colombia y el FCForum de España. Para nosotros es importante no solo el desarrollo de Ártica como emprendimiento, sino también el trabajo activista.

Una de las características de nuestro centro cultural es que los materiales que publicamos cuentan con licencias libres. De manera complementaria, nuestras actividades se sustentan gracias al procomún. Libros de acceso abierto forman parte de nuestra biblioteca, a la cual recurrimos para sostener conceptualmente nuestro proyecto. La infraestructura digital del centro cultural está hecha sobre la base de WordPress y Moodle, piezas de software tomadas también del procomún. Numerosos elementos gráficos, como las ilustraciones del blog de Ártica, solo son posibles gracias al extenso repositorio de imágenes libres que existe en la web. Somos plenamente conscientes de que cuanto más vasto sea el procomún, más sencillo será para nosotros sostener nuestro trabajo. En suma, se trata de un ecosistema donde nuestros aportes, así como el de proyectos basados en los mismos principios, nutren el procomún, de cuya fortaleza nos beneficiamos todos.

Proyectos culturales en la red: nuestra experiencia desde un nuevo paradigma

Con la tecnología disponible en la actualidad, es mucho más fácil que hace algunas décadas producir propuestas culturales y promoverlas para que lleguen a distintos públicos. Sin embargo, no se trata solamente de impulsar el uso de las nuevas tecnologías para hacer lo mismo que hacíamos antes. Estamos en medio de un cambio de paradigma que nos exige pararnos distinto en un escenario en el que caen la mayoría de las certezas que se tenían sobre la producción y circulación de cultura. Veamos cuáles son esas cosas que cambian y qué opciones hemos ido tomando en Ártica para construir nuestro centro cultural online.

1. Industrias culturales vs. economía social de la cultura

Hasta antes de la aparición de Internet, casi la única opción para emprender en cultura era la producción en serie de bienes culturales que se vendían en unidades físicas: libros, fonogramas, películas, etc. Se consideraba que el negocio era la generación y explotación de una propiedad intelectual que confería a un emprendedor los derechos exclusivos para reproducir y distribuir estos bienes. La cadena productiva era aparentemente muy simple y lineal: creadores – intermediarios – consumidores. Las políticas estatales de fomento cultural pasaron poco a poco del apoyo a las “bellas artes” que constituían el patrimonio nacional, a la promoción de la industria cultural local y su inserción en el mercado internacional. Los intermediarios, al arriesgarse en costosas inversiones para producir los bienes culturales de distribución masiva, eran quienes en definitiva actuaban como medio de fomento artístico y por lo tanto era necesario subsidiarlos, capacitarlos o darles crédito.

Por años, esta situación ha hecho que muchos artistas y colectivos culturales se sintieran limitados en su libertad creativa, porque carecían de las herramientas para distribuir más directamente sus producciones. Si estas producciones no eran atractivas para el mercado masivo y por lo tanto, no eran dignas de inversión, difícilmente se distribuían. En nuestro caso, si hubiéramos querido abrir un centro cultural clásico, habríamos necesitado o bien un “mecenas”, o bien apoyo estatal, o bien convencer a algún empresario de la cultura para que invirtiera en nuestra propuesta. Como alternativa, habríamos podido montar un centro cultural barrial, con más llegada al territorio pero con un alcance mucho más reducido para el tipo de propuestas que nosotros teníamos en mente. No hicimos ninguna de estas cosas y construimos en cambio un espacio en la web con nuestro propio medio de publicación (blog, libros digitales), canales de distribución (redes sociales), aula virtual, biblioteca, videoteca y un equipo de gente distribuido en distintos países que participa desde sus casas. De esta manera, logramos acercar las actividades culturales a personas de todo el mundo de habla hispana y, al mismo tiempo, pudimos conocer otras iniciativas afines y colaborar con ellas. En total han participado más de 6000 personas de todo el mundo en nuestras actividades, que han ido desde pequeños talleres y laboratorios hasta cursos masivos y abiertos.

Para que un proyecto así subsista y florezcan nuevos, se necesita que las políticas culturales reconozcan positivamente las prácticas asociadas a las nuevas tecnologías y entiendan que los emprendimientos culturales se desarrollan en una nueva cadena de valor no lineal y en una red de intercambios distribuida. En el nuevo escenario es posible producir en red, de manera que todas las etapas que antes realizaba cada eslabón de una cadena productiva (por ejemplo: artista, productor, distribuidor, vendedor), en la actualidad son mucho más variables e intercambiables. Si en un momento somos consumidores de cultura (vemos un video en YouTube), podemos pasar a ser creadores en otro momento (grabamos o remezclamos un video), y al instante siguiente participamos de la red de distribución (lo subimos a YouTube, lo publicamos en nuestro blog y lo compartimos en las redes sociales).

Internet pasa a ser un espacio social y no un mero canal de distribución comercial para la cultura. La cultura recupera potencialmente su valor de uso, en contraposición al valor de cambio (o cultura como mercancía) que se había exacerbado en décadas pasadas. Los artistas, los usuarios y las comunidades pueden agruparse en torno a intereses y gustos comunes, poniendo en primer lugar la satisfacción las necesidades culturales. Por eso, preferimos hablar de “economía social de la cultura”, utilizando el término de Pablo Ortellado. En este marco, entendemos que las políticas culturales deben mejorar el equilibrio y colaboración entre creadores, intermediarios y consumidores, en lugar de reaccionar ante los pedidos de la industria de reforzar la propiedad intelectual, porque no será esa actitud la que fomente nueva cultura. En cambio, son necesarias políticas que apoyen y promuevan una Internet libre y neutral, que fomenten el dominio público y el licenciamiento abierto, que apoyen la cooperación y la producción orientada a la satisfacción de necesidades culturales de las comunidades.

2. Cultura como consumo vs. cultura como derecho

Desde el enfoque del emprendedurismo cultural clásico se nos invita a creer que lo esencial es alentar el consumo dado que si este disminuye, la industria se resiente, se pierden puestos de trabajo y nadie produce cultura. No se reconoce a los ciudadanos como co-partícipes de los procesos de creación porque se cree que el público es una “fuerza de consumo” que pasivamente se dispone a gastar en la oferta cultural disponible. Así, cuando una industria no logra despegar, se le reprocha amargamente al público que “no está acostumbrado a pagar por la cultura”.

Sin embargo, en el camino recorrido en Ártica hemos comprobado que lo gratuito es uno de los pilares de nuestro emprendimiento. Que las personas que acceden a nuestros contenidos gratuitos y participan de las actividades que ofrecemos sin costo son las que nos ayudan a consolidar nuestra reputación en la comunidad. Es a partir de esa confianza que podemos ofrecer servicios de formación y consultoría que no son gratis, que satisfacen necesidades específicas y que ayudan a sostener el proyecto.

Por lo tanto, el derecho a la cultura -a producir y acceder sin limitaciones artificiales a la cultura- no se contrapone ni se agota con la oferta cultural comercial. Por el contrario, esa oferta al mismo tiempo complementa y se ve fortalecida por el acceso y la participación del público.

3. Empresarialización de la cultura vs. autogestión

Desde el paradigma de la industria cultural nos hemos acostumbrado cada vez más a percibir al artista como como sujeto-marca y a los centros y asociaciones culturales como empresas, subordinados ambos al mercado y a la industria, como vimos antes. A los llamados emprendedores culturales se nos ha dicho que necesitamos crédito y capacitación empresarial para consolidar negocios y no necesariamente para satisfacer necesidades de la comunidad, o necesidades propias (de expresión, de desarrollo personal).

Pero los proyectos culturales como el nuestro no quieren simplemente ocultar su precariedad bajo el manto del emprendedurismo. Preferimos apoyarnos en el procomún cultural (como explicábamos antes) y contar con herramienta de autogestión. Si Internet se mantiene pública y abierta, si se fortalece la cultura de dominio público, si se generan infraestructuras culturales comunes, si se fortalecen los fondos de incentivo cultural, proyectos como el nuestro y tantos otros, surgidos desde las necesidades de los que hacen cultura, pueden prosperar.

4. Nuevos modelos de negocio vs. nuevos modelos de sostenibilidad en el marco de una cultura libre

Finalmente, nos interesa dejar claro que las nuevas tecnologías no plantean simplemente un “nuevo modelo de negocios” para la modernización de la industria cultural. No vamos a remar la cada vez más crítica situación de la industria del libro impreso mediante la centralización de la producción literaria en manos de un gigante digital como Amazon, por ejemplo. No queremos ser condicionados por esos nuevos monopolios ni que la única opción para emprender en cultura sea generar la próxima “start-up” de moda.

Proyectos independientes como el nuestro surgen gracias a la desintermediación, es decir, gracias a que no tuvimos que pedir permisos o apoyos a un tercero para concretarlo. ¿Cómo sostener este tipo de proyecto sin la inversión/subvención de ese tercero y sin pretender cercar el conocimiento mediante la propiedad intelectual?

Hay muchas opciones. Nosotros elegimos ofrecer servicios de formación y de consultoría muy personalizados y específicos. Pero otros proyectos que no van a ofrecer por el momento servicios en el mercado, podrían necesitar de fondos públicos que fomenten procesos y no necesariamente productos finales. La fuerza de las comunidades online, por otra parte, está en la base de fenómenos como el crowdfunding y otras formas de financiamiento social. El apoyo en el procomún (software libre, infraestructuras y protocolos de red, obras que se pueden compartir) abarata los costos de realización de proyectos. Este procomún accesible fomenta a su vez el desarrollo de una cultura altruista y amateur que satisface necesidades de las comunidades sin que necesariamente haga falta un mercado. Finalmente, las experiencias de trabajo en red, de cooperativismo y de apoyo mutuo también pueden servir de sustento a este nuevo tipo de proyectos, bajando sus costos y aumentando su alcance.

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